DOMINGO XXVII DE TIEMPO ORDINARIO
4 de Octubre de 2026
EVANGELIO: Mateo 21, 33-43
En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: «Escuchad otra parábola: “Había un propietario que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar, construyó una torre, la arrendó a unos labradores y se marchó lejos. Llegado el tiempo de los frutos, envió sus criados a los labradores para percibir los frutos que le correspondían. Pero los labradores, agarrando a los criados, apalearon a uno, mataron a otro y a otro lo apedrearon. (…)
Por último, les mandó a su hijo diciéndose: “Tendrán respeto a mi hijo”. Pero los labradores, al ver al hijo se dijeron: “Este es el heredero: venid, lo matamos y nos quedamos con su herencia”. (…)
Y Jesús les dice: «¿No habéis leído nunca en la Escritura: “La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente”? Por eso os digo que se os quitará a vosotros el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos».
CONTEMPLARI ET CONTEMPLATA ALIIS TRADERE
Contemplar, y dar lo contemplado
Seguimos reflexionando el capítulo veintiuno de san Mateo, que nos presenta una parábola más de Jesús.
San Pablo nos dice: “Muchas veces y de muchas maneras habló Dios en el pasado a nuestros Padres por medio de los profetas. En estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo, a quien instituyó heredero de todo y por quien también hizo el universo”. (Hb 1, 1-3)
Dios tiene un plan de salvación para con cada uno de nosotros. En efecto, nos envió a su Hijo como primicias para salvarnos. Él fue anunciado por los profetas, y hoy en esta parábola él mismo es el profeta que nos anuncia la salvación que abarca a todos y que consiste en creer en él, el hijo enviado. Además consiste en aceptar que Dios sea Todo en nuestras vidas, que él sea nuestro centro para que así podamos caminar por el sendero que él nos tiene preparado.
Las lecturas de este domingo se complementan y están llenas de símbolos que nos introduce en la dinámica de Jesús. Tanto el profeta Isaías, en la primera lectura, como san Mateo en el evangelio, recurren a la imagen de la viña, imagen que por cierto hemos escuchado en la liturgia de estos dos últimos domingos pasados.
¿Qué es lo que vemos este domingo en el evangelio?
Vemos a Jesús proclamando el Reino de Dios. Al proclamarlo nos deja claro que no somos propietarios de la viña y lejos de pretender serlo. Lo que nos toca es administrarla con humildad, ciertos de que todo procede de la gratuidad y de la bondad que viene de Dios. Por ello, somos llamados a fundar nuestra vida y todas las cosas en él.
Quizá tenemos la tentación de querer ser dueños de lo que tenemos entre manos y por eso nos dejemos llevar por la soberbia, la rebeldía, la violencia (los viñadores homicidas), por todo lo que nos aparta del camino del Señor. Pero el Señor tiene otros planes y caminos que no son los nuestros, él conduce la historia de salvación de toda la humanidad e incluso saca lo bueno de lo malo.
Fijémonos en Jesús, que hoy nos deja una Palabra de esperanza: “la piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular”. Él es esta piedra rechazada, desechada, pero piedra fundamental en que podemos apoyarnos y fundados en él podemos dar frutos de vida eterna.
RINCÓN LITÚRGICO
Día de la esperanza
Si el domingo es el día de la fe, no es menos el día de la esperanza cristiana. En efecto, la participación en la «cena del Señor» es anticipación del banquete escatológico por las «bodas del Cordero» (Ap 19,9). Al celebrar el memorial de Cristo, que resucitó y ascendió al cielo, la comunidad cristiana está a la espera de «la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo». Vivida y alimentada con este intenso ritmo semanal, la esperanza cristiana es fermento y luz de la esperanza humana misma. Por este motivo, en la oración «universal» se recuerdan no sólo las necesidades de la comunidad cristiana, sino las de toda la humanidad; la Iglesia, reunida para la celebración de la Eucaristía, atestigua así al mundo que hace suyos «el gozo y la esperanza, la tristeza y la angustia de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de todos los afligidos». Finalmente, la Iglesia, —al culminar con el ofrecimiento eucarístico dominical el testimonio que sus hijos, inmersos en el trabajo y los diversos cometidos de la vida, se esfuerzan en dar todos los días de la semana con el anuncio del Evangelio y la práctica de la caridad—, manifiesta de manera más evidente que es «como un sacramento o signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano».(Carta Apostólica Dies Domini de S. Juan Pablo II, n. 38)



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