Solemnidad de Todos los Santos
1 de Noviembre de 2026
EVANGELIO: Mateo 5, 1 – 12a
En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió al monte, se sentó y se acercaron sus discípulos; y, abriendo su boca, les enseñaba diciendo:
«Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bien-aventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados Hijos de Dios. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.
Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien De cualquier modo por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo».
CONTEMPLARI ET CONTEMPLATA ALIIS TRADERE
Contemplar, y dar lo contemplado
Hoy celebramos la Solemnidad de todos los Santos. La liturgia nos invita a reavivar nuestra esperanza en Cristo; y también a levantar nuestra mirada hacia el cielo y pensar en aquellos hermanos nuestros que nos precedieron en la fe. Todos tuvieron una vida entregada a la voluntad de Dios. Siguiendo las huellas de Jesús renunciaron a su propia vida de una manera radical. Rechazando los placeres de este mundo se hicieron partícipes de los bienes de la vida futura. Cuando conocemos la vida de los santos, imaginamos algo inalcanzable, pero no. La santidad tenemos que vivirla aquí, mientras peregrinamos en la tierra; es un don de Dios. Él pensó darlo a todos sus hijos, porque dice la Escritura: “Seréis santos, porque yo soy santo” (1P 1, 16).
Por el bautismo, somos llamados a vivir una vida santa, porque unimos nuestra vida a la de Jesús y somos llamados Hijos de Dios. Empezamos a formar parte de su pueblo santo; por ello vivimos anticipadamente lo que vamos a vivir en la vida eterna.
Las bienaventuranzas que hoy hemos leído en el Evangelio son el mejor camino para alcanzar la santidad, nos encaminan a la Jerusalén celeste, donde viviremos, todos juntos, una vida sin fin. Como dice el Apocalipsis: “Una muchedumbre inmensa de todas las naciones, razas, pueblos y lenguas” (Ap 7, 9).
La santidad se realiza en la humildad, en la pequeñez, en nuestra pobreza; en definitiva, en el testimonio de nuestra fe. Jesús es nuestro modelo de santidad, Él asumió nuestra condición humana, se hizo hombre para enseñarnos que la santidad está muy cerca de nosotros. Todo lo que dice en las bienaventuranzas se ha cumplido en Jesús, Él libremente quiso vivirlas en su propia carne por voluntad de Dios.
La solemnidad de hoy nos exhorta a mirar hacia arriba y contemplar aquello que Dios nos tiene preparado. Porque dice el apóstol: “Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar lo que Dios ha preparado para los que lo aman” (1 Co 2, 9).
Pidamos a Dios la gracia de poder vivir una vida santa, sin miedo a perder nuestra vida por el nombre de Cristo, “porque vuestra recompensa será grande en el cielo” (Mt 5, 12).
RINCÓN LITÚRGICO
Eucaristía y escatología
Si es cierto que los sacramentos son una realidad propia de la Iglesia peregrina en el tiempo hacia la plena manifestación de la victoria de Cristo resucitado, también es igualmente cierto que, especialmente en la liturgia eucarística, se nos da a pregustar el cumplimiento escatológico hacia el cual se encamina todo hombre y toda la creación (cf. Rm 8,19 ss.). (…)
Así pues, en cada Celebración eucarística se realiza sacramental-mente la reunión escatológica del Pueblo de Dios. El banquete eucarístico es para nosotros anticipación real del banquete final, anunciado por los profetas (cf. Is 25,6-9) y descrito en el Nuevo Testamento como «las bodas del Cordero» (Ap 19,7-9), que se ha de celebrar en la alegría de la comunión de los santos. (…)
En esta perspectiva, quisiera recordar a todos los fieles la importancia de la oración de sufragio por los difuntos, y en particular la celebración de santas Misas por ellos (a este propósito, quisiera recordar las palabras llenas de esperanza y de consuelo de la Plegaria eucarística II: «Acuérdate también de nuestros hermanos que durmieron en la esperanza de la resurrección, y de todos los que han muerto en tu misericordia; admítelos a contemplar la luz de tu rostro») para que, una vez purificados, lleguen a la visión beatífica de Dios. Al descubrir la dimensión escatológica que tiene la Eucaristía, celebrada y adorada, se nos ayuda en nuestro camino y se nos conforta con la esperanza de la gloria (cf. Rm 5,2; Tt 2,13). (Benedicto XVI, Exhortación Apostólica “Sacramentum Caritatis”, nn. 30-32)


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