DOMINGO XXVIII DE TIEMPO ORDINARIO
11 de Octubre de 2026
EVANGELIO: Mateo 20, 1-16
En aquel tiempo, volvió a hablar Jesús en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo, diciendo:
«El reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo; mandó a sus criados para que llamaran a los convidados, pero no quisieron ir. Volvió a mandar otros criados encargándoles que dijeran a los convidados:
“Tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses cebadas y todo está a punto. Venid a la boda”.
Pero ellos no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios, los demás agarraron a los criados y los maltrataron y los mataron.
El rey montó en cólera, envió sus tropas, que acabaron con aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad.
Luego dijo a sus criados:
“La boda está preparada, pero los convidados no se la merecían. Id ahora a los cruces de los caminos y a todos los que encontréis, llamadlos a la boda”.
Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos. La sala del banquete se llenó de comensales. Cuando el rey entró a saludar a los comensales, reparó en uno que no llevaba traje de fiesta y le dijo:
“Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin el vestido de boda?”. El otro no abrió la boca. Entonces el rey dijo a los servidores:
“Atadlo de pies y manos y arrojadlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes”.
Porque muchos son los llamados, pero pocos los elegidos».
CONTEMPLARI ET CONTEMPLATA ALIIS TRADERE
Contemplar, y dar lo contemplado
Jesús ha llegado a Jerusalén. Su Hora está cera, estamos ya a pocos pasos de su Pasión, Muerte y Resurrección. El banquete está preparado, las bodas del Hijo del Rey están a punto de celebrarse.
Y Él no se cansa de llamar a los invitados a la Boda. Él no pierde la esperanza con nadie y nada puede entorpecer o frenar su entrega de amor por la humanidad.
Las puertas del banquete abundante y copioso preparado por Dios y anunciado por el profeta en la primera lectura están a punto de abrirse a través de las llagas de Cristo para todos los hombres.
En la parábola de hoy Jesús insiste el pueblo esta invitación de Dios; pero como leemos, no quisieron ir e incluso algunos maltrataron y mataron a los que le anunciaron esta Buena Noticia.
Pero el Rey no suspende la boda, todo lo contrario, la amplía más aún: invita a todos, sin excepción.
Esta invitación es profecía de la apertura de la Salvación a todos los pueblos de la tierra. A todo aquel que crea en el Hijo del hombre.
Lo más bello de todo es que este Rey no los invita por necesidad de llenar el palacio, sino porque desea ardientemente que todos puedan participar del banquete.
Él conoce a cada invitado, no se queda en el trono, sino que celebra esta gran fiesta en medio de la gente, y es allí donde se encuentra a uno que no lleva el traje de fiesta. (Es importante saber que cuando el rey invitaba a un banquete, él mismo proporcionaba el traje de fiesta)
Cuando lo ve se acerca a él y lo llama “amigo” porque de alguna manera quiere poner remedio a esta situación, pero una vez más se encuentra con la indiferencia.
¿Y hoy que quiere decirnos el Señor?
Estás invitado a un gran banquete, en el que Dios quiere celebrar la boda de tu alma con la del Hijo Amado. Él mismo te limpia con su Sangre Preciosa, te engalana con su Gracia y te reviste con su Espíritu Santo; si aceptas su invitación quedarás radiante, porque Él mismo enjugará tus lágrimas y alejará de ti el oprobio. Unida a Él el pecado y la muerte ya no te podrán.
En esta parábola Jesús nos ayuda a conocer el Reino de Dios, al que estamos llamados a participar desde ahora y ansiar en la vida eterna; a reconocer al Señor y exclamar: “Aquí está nuestro Dios, esperábamos en Él y nos ha salvado… Celebremos y gocemos con su salvación”
RINCÓN LITÚRGICO
“« En la Eucaristía el sacrificio de Cristo es también el sacrificio de los miembros de su Cuerpo. La vida de los fieles, su alabanza, su sufrimiento, su oración y su trabajo se unen a los de Cristo y a su total ofrenda, y adquieren así un valor nuevo ». Esta participación de toda la comunidad asume un particular relieve en el encuentro dominical, que permite llevar al altar la semana transcurrida con las cargas humanas que la han caracterizado. Este aspecto comunitario se manifiesta especialmente en el carácter de banquete pascual propio de la Eucaristía, en la cual Cristo mismo se hace alimento. En efecto, « Cristo entregó a la Iglesia este sacrificio para que los fieles participen de él tanto espiritualmente por la fe y la caridad como sacramentalmente por el banquete de la sagrada comunión. Y la participación en la cena del Señor es siempre comunión con Cristo que se ofrece en sacrificio al Padre por nosotros ». Por eso la Iglesia recomienda a los fieles comulgar cuando participan en la Eucaristía, con la condición de que estén en las debidas disposiciones y, si fueran conscientes de pecados graves, que hayan recibido el perdón de Dios mediante el Sacramento de la reconciliación, según el espíritu de lo que san Pablo recordaba a la comunidad de Corinto (cf. 1 Co 11,27-32). La invitación a la comunión eucarística, como es obvio, es particularmente insistente con ocasión de la Misa del domingo y de los otros días festivos.” (Carta Apostólica Dies Domini de S. Juan Pablo II, n. 43-44)



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