XIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO – CICLO A
28 DE JULIO DE 2026
EVANGELIO: Mateo 10, 37 – 42
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles: «el que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí. El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará.
El que os recibe a vosotros, me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me ha enviado; el que recibe a un profeta porque es profeta, tendrá recompensa de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo, tendrá recompensa de justo.
El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños, solo porque es mi discípulo, en verdad os digo que no perderá su recompensa».
CONTEMPLARI ET CONTEMPLATA ALLIS TRADERE
“Contemplar y dar lo contemplado”
El evangelio de hoy nos presenta las últimas frases de Jesús en su discurso apostólico. Son palabras dirigidas a sus discípulos y hoy a nosotros, cristianos que estamos en el camino del seguimiento de Jesucristo.
Jesús llamó a los doce para que expandieran el Reino de Dios. Los llamó para estar con él y paulatinamente les fue enseñando todo lo que conllevaba seguirle.
Por el bautismo fuimos injertados en Cristo (Rm 6,3-4), por ello somos llamados a vivir una vida nueva en él, Cristo con su vida ya está en nosotros. Solo puede seguir a Cristo quien ha experimentado el amor y la misericordia de Dios manifestado en él.
Jesús es muy claro en sus palabras acerca de las condiciones del discipulado: posponer los vínculos familiares, el cargar con la cruz, el perder la vida por él y por el Evangelio. Lo que quiere Jesús con su enseñanza es que vivamos el seguimiento, la misión en clave de libertad; él nos quiere libres porque en él está nuestra libertad, nuestra vida eterna. Y además nos llama a tomar conciencia del gran don recibido por él: la fe y el Espíritu Santo.
Es la fe y la luz del Espíritu Santo lo que nos hace vivir la lógica de Dios presentada en este evangelio: el amor, la vida entregada sin condiciones. Humanamente, no podemos comprender las palabras de Jesús, ni tampoco vivirlas si no le tenemos a él como el centro de nuestra vida. Hace falta que tengamos una intimidad con el maestro. Desde él somos capaces de amar.
En este seguimiento de Jesús estamos llamados a vivir tal cual vivió él: cargó con su cruz, llevando en sus hombros nuestros pecados, pasó como como uno de tantos (Flp 2,6). Se anonadó, dio la vida por nosotros.
Llevemos una vida nueva en Cristo, siendo agradecidos por todos los dones que nos ha regalado. Que el Espíritu Santo nos ayude a abandonar todo lo que nos impide seguir al Maestro y que todo se posponga a su amor, a su persona.
RINCÓN LITÚRGICO
No podemos guardar para nosotros el amor que celebramos en el Sacramento. Éste exige por su naturaleza que sea comunicado a todos. Lo que el mundo necesita es el amor de Dios, encontrar a Cristo y creer en Él. Por eso la Eucaristía no es sólo fuente y culmen de la vida de la Iglesia; lo es también de su misión: «Una Iglesia auténticamente eucarística es una Iglesia misionera». También nosotros podemos decir a nuestros hermanos con convicción: «Lo que hemos visto y oído os lo anunciamos para que estéis unidos con nosotros» (1 Jn 1,3). Verdaderamente, nada hay más hermoso que encontrar a Cristo y comunicarlo a todos. Además, la institución misma de la Eucaristía anticipa lo que es el centro de la misión de Jesús: Él es el enviado del Padre para la redención del mundo (cf. Jn 3,16-17; Rm 8,32). En la última Cena Jesús confía a sus discípulos el Sacramento que actualiza el sacrificio que Él ha hecho de sí mismo en obediencia al Padre para la salvación de todos nosotros. No podemos acercarnos a la Mesa eucarística sin dejarnos llevar por ese movimiento de la misión que, partiendo del corazón mismo de Dios, tiende a llegar a todos los hombres. Así pues, el impulso misionero es parte constitutiva de la forma eucarística de la vida cristiana. (Benedicto XVI, Exhortación Apostólica Sacramentum Caritatis, n. 84)



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