XIX DOMINGO TIEMPO ORDINARIO- ciclo A
9 de agosto de 2026
EVANGELIO: Mateo 14, 22-33
En aquel tiempo, inmediatamente después de la multiplicación de los panes, Jesús hizo que sus discípulos subieran a la barca y se dirigieran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente. Después de despedirla, subió al monte a solas para orar. Llegada la noche, estaba él solo allí.
Entretanto, la barca iba ya muy lejos de la costa y las olas la sacudían, porque el viento era contrario. A la madrugada, Jesús fue hacia ellos, caminando sobre el agua. Los discípulos, al verlo andar sobre el agua, se espantaron, y decían: “¡Es un fantasma!” Y daban gritos de terror. Pero Jesús les dijo enseguida: “Tranquilícense y no teman. Soy yo”.
Entonces le dijo Pedro: “Señor, si eres tú, mándame ir a ti caminando sobre el agua”. Jesús le contestó: “Ven”. Pedro bajó de la barca y comenzó a caminar sobre el agua hacia Jesús; pero al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, comenzó a hundirse y gritó: “¡Sálvame, Señor!” Inmediatamente Jesús le tendió la mano, lo sostuvo y le dijo: “Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?”
En cuanto subieron a la barca, el viento se calmó. Los que estaban en la barca se postraron ante Jesús diciendo: “Verdaderamente tú eres el Hijo de Dios”.
“CONTEMPLARI ET CONTEMPLATA ALIIS TRADERE”
Contemplar y dar lo contemplado
Después de la muerte de Juan Bautista, Jesús buscaba la soledad para estar con su Padre, pero le movía la compasión y, según vimos el domingo pasado, se hizo tarde curando a los enfermos y terminó dándoles de comer en el desierto.
Una vez saciados, Jesús “apremió” a los apóstoles a separarse de la turba, tal vez para evitar entusiasmos mesiánicos prematuros y erróneos, y se quedó él solo despidiendo a la gente.
Después subió al monte a solas para orar. Por fin podía descansar junto a su Padre. El recuerdo del precursor le anunciaba su desenlace violento y, aunque ahora estaba rodeado de fama, necesitaba la oración para centrarse mejor en su misión.
En el mar de Galilea se desencadena una fuerte tempestad y los discípulos remaban, en contra del viento; además, no estaba con ellos su Maestro. Sin el Señor experimentamos la soledad. Jesús no se sentía solo porque estaba con el Padre, pero los discípulos, que eran muchos, se sentían abandonados al oleaje del mar.
Al amanecer apareció Jesús andando sobre las aguas. Los apóstoles tenían tanto miedo que pensaban que era un fantasma. Pero Jesús los anima y se revela como Dios: “Yo-soy”.
Mateo parece resaltar la fragilidad de la fe de Pedro, que se debate entre el miedo y la confianza en Jesús, y le hace una pregunta: Si tú eres el Dueño del mar, que puedes dominarlo, caminando sobre las aguas, permíteme a mí también participar de tu naturaleza, caminando sobre el mar. Y Jesús se lo permite. Ante la orden del Maestro, Pedro salta impetuosamente y camina unos pasos por el mar, pero de repente deja de mirar al Señor y siente el temor del oleaje, que le hunde en las aguas. Inmediatamente pide ayuda al que puede salvarle. Jesús le tiende la mano y le hace un reproche «¡Hombre de poca fe! ¿Por qué has dudado?».
Nuestra vida se mueve entre el miedo, la duda, la súplica y la fe. ¿Cómo es la calidad de nuestra fe? ¿Nos gustaría habernos quedado en tierra? ¿Protegemos nuestro miedo dentro de la barca? ¿Nos quedamos discutiendo la realidad de la presencia de Jesús entre las olas?
Sabemos que Dios, que sacó a Jesús del sepulcro, con su poder convertirá nuestro miedo en arrojo para “saltar” al encuentro del Señor y redescubrir con más vigor que ¡ solo el Señor salva!
RINCÓN LITÚRGICO
Los Documentos del Concilio Vaticano II III. Constitución Sacrosanctum Concilium 5. La Oración de la Iglesia
Retomamos hoy las catequesis sobre la Constitución Sacrosanctum Concilium, centrándonos en la dimensión eclesial de la oración litúrgica. La oración, como dimensión fundamental de nuestra humanidad, necesita ser redescubierta desde la verdad. En este sentido, el Papa san Pablo VI afirmó: «Dios en el primer puesto; la oración, nuestra primera obligación; la liturgia, la primera fuente de la vida divina que se nos comunica, la primera escuela de nuestra vida espiritual» (Discurso, Basílica de San Pedro, 4 diciembre 1963).
El Pontífice, de feliz memoria, deseaba que la Liturgia de las Horas, que es inseparable de la Eucaristía, penetrara y orientara profundamente toda la oración cristiana, alimentando así la vida espiritual de todo el Pueblo de Dios (cf. Cost. ap. Laudis Canticum). A este respecto, podemos afirmar que la Eucaristía y la Liturgia de las Horas son el aliento de la vida de la Iglesia que hace circular al Espíritu Santo por todo su Cuerpo.
( Audiencia General del papa León XIV. Miércoles 5 de Agosto de 2026).



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