DOMINGO XVII TIEMPO ORDINARIO – CICLO A
2 de Agosto de 2026
EVANGELIO: Mt 14, 13-21
En aquel tiempo, al enterarse Jesús de la muerte de Juan el Bautista, se marchó de allí en barca, a solas, a un lugar desierto. Cuando la gente lo supo, lo siguió por tierra desde los poblados.
Al desembarcar vio Jesús una multitud, se compadeció de ella y curó a los enfermos. Como se hizo tarde, se acercaron los discípulos a decirle:
«Estamos en despoblado y es muy tarde, despide a la multitud para que vayan a las aldeas y se compren comida».
Jesús les replicó:
«No hace falta que vayan, dadles vosotros de comer».
Ellos le replicaron:
«Si aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces».
Les dijo: «Traédmelos».
Mandó a la gente que se recostara en la hierba y tomando los cinco panes y los dos peces, alzando la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos; los discípulos se los dieron a la gente. Comieron todos y se saciaron y recogieron doce cestos llenos de sobras. Comieron unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños.
CONTEMPLARI ET CONTEMPLATA ALIIS TRADERE
Contemplar, y dar lo contemplado
«Venid, comed… Sin dinero y de balde. Saborearéis platos sustanciosos… Venid a mí y viviréis». Estas palabras del profeta Isaías, proclamadas en la primera lectura, encuentran hoy su pleno cumplimiento en el Evangelio. Allí contemplamos a Jesús como el nuevo Moisés, ante el pueblo de Dios hambriento en medio del desierto. También Él les da un pan milagroso, figura del verdadero maná: la Eucaristía, Él mismo hecho alimento de vida eterna.
«Despídelos para que vayan a comprarse comida», le dicen los discípulos. Pero Jesús no quiere que se alejen de Él ni que gasten su dinero «en lo que no alimenta» y su salario «en lo que no da hartura», como advertía el profeta Isaías. Quiere que permanezcan a su lado para ser sostenidos y saciados por Él. Y lo hace sirviéndose de la pobreza de los discípulos, de ese poco que ellos ofrecen y que Él multiplica con generosidad.
¡Admiremos la ternura y la bondad de Dios manifestadas en Cristo Jesús! Él es verdaderamente ese Dios «cariñoso con todas sus criaturas», que abre su mano y nos sacia, como canta el salmista.
¡Cuánto nos ama! Nosotros somos ese pueblo hambriento, enfermo y necesitado de compasión. Caminamos por el desierto de este mundo, rodeados de innumerables ofertas que prometen saciar nuestra hambre y sed de amor, de sentido y de vida plena. Pero solo en el Señor encuentra descanso nuestro corazón. Solo Él responde plenamente a nuestra necesidad. Él es nuestra esperanza y nunca nos defrauda. Por eso le seguimos. Por eso permanecemos con Él.
«Tomad y comed… Tomad y bebed». La dulce invitación que el Señor nos dirige en cada Eucaristía resuena hoy con especial fuerza en este Evangelio. Acerquémonos a Él y saciémonos de su belleza, de su amor todopoderoso y misericordioso; de su Palabra que ilumina, de su amistad que sostiene, del gozo de su presencia, de su poder salvador, del consuelo y la fuerza de su Espíritu, de la paz que nos regala. Saciémonos de su Cuerpo entregado por nosotros y de su Sangre derramada por nuestra salvación.
Y, una vez saciados por Él, hagamos nuestra la exhortación de san Agustín: preparemos también nosotros un alimento semejante para nuestros hermanos. Seamos pan bendecido, partido y repartido para saciar su hambre de amor, de verdad y de vida. Y, como pidió Jesús al concluir el milagro de los panes, «que nada se pierda»: que nadie quede sin experimentar el amor de Dios a través de nuestra entrega.
RINCÓN LITÚRGICO
La relación profunda entre la belleza y la liturgia nos lleva a considerar con atención todas las expresiones artísticas que se ponen al servicio de la celebración. Un elemento importante del arte sacro es ciertamente la arquitectura de las iglesias, en las que debe resaltar la unidad entre los elementos propios del presbiterio: altar, crucifijo, tabernáculo, ambón, sede. A este respecto, se ha de tener presente que el objetivo de la arquitectura sacra es ofrecer a la Iglesia, que celebra los misterios de la fe, en particular la Eucaristía, el espacio más apto para el desarrollo adecuado de su acción litúrgica. En efecto, la naturaleza del templo cristiano se define por la acción litúrgica misma, que implica la reunión de los fieles (ecclesia), los cuales son las piedras vivas del templo (cf. 1 P 2,5). (…)
Es necesario que en todo lo que concierne a la Eucaristía haya gusto por la belleza. También hay respetar y cuidar los ornamentos, la decoración, los vasos sagrados, para que, dispuestos de modo orgánico y ordenado entre sí, fomenten el asombro ante el misterio de Dios, manifiesten la unidad de la fe y refuercen la devoción.
(Benedicto XVI, Exhortación Postsinodal Sacramentum Caritatis, n. 41)



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