DOMINGO XXV DE TIEMPO ORDINARIO
20 de Septiembre de 2026
EVANGELIO: Mateo 20, 1-16
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola:
«El reino de los cielos se parece a un propietario que al amanecer salió a contratar jornaleros para su viña. Después de ajustarse con ellos en un denario por jornada, los mandó a la viña.
Salió otra vez a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo y les dijo: “Id también vosotros a mi viña y os pagaré lo debido”. Ellos fueron.
Salió de nuevo hacia mediodía y a media tarde, e hizo lo mismo. Salió al caer la tarde y encontró a otros, parados, y les dijo: “¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar?”. Le respondieron: “Nadie nos ha contratado”. Él les dijo: “Id también vosotros a mi viña”.
Cuando oscureció, el dueño dijo al capataz: “Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros”. Vinieron los del atardecer y recibieron un denario cada uno.
Cuando llegaron los primeros, pensaban que recibirían más, pero ellos también recibieron un denario cada uno. Al recibirlo se pusieron a protestar contra el amo: “Estos últimos han trabajado solo una hora y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno”.
Él replicó a uno de ellos: “Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?”. Así, los últimos serán primeros y los primeros, últimos».
CONTEMPLARI ET CONTEMPLATA ALIIS TRADERE
Contemplar, y dar lo contemplado
Nos presenta hoy la Liturgia de la Palabra una parábola de Jesús, conocida como “los trabajadores de la viña”.
A cualquier sindicalista de nuestros tiempos, esta parábola le resultaría un escándalo. A más trabajo, debe corresponder más sueldo. Y no hace falta ser sindicalista para llegar a esa conclusión. Según nuestro concepto de “justicia”, lo ocurrido en la parábola al final del día es cuanto menos sorprendente. Reciben lo mismo los primeros que los últimos.
Pero vayamos por partes: Dios nos encarga a cada uno un puesto en su viña, en su Iglesia. A cada uno Dios nos ha encontrado en un momento preciso de la vida, y hemos comenzado a trabajar por el Reino, cada uno según sus fuerzas y el estado de vida a que ha sido llamado.
Si consideramos “la plaza” como todo lo que está fuera de la viña, esto es, de la Iglesia de Cristo, vemos cómo Dios no cesa de invitar, ya sea al amanecer (en la primera infancia), a mediodía (en la vida adulta) o incluso a la caída del sol (en la ancianidad), a unirse al trabajo en la viña. S. Pablo, en su primera carta a Timoteo, lo expresa muy bien: “Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la Verdad” (1 Tim 2, 4), por lo que no cesa de salir a buscar una y otra vez a todos sus hijos, durante todo el día.
Así, la historia de cada uno es diferente, y nuestro trabajo en la viña también es distinto. Incluso en la vida de los santos, lo vemos. Hay quienes desde la infancia se entregaron al Señor, como Santa Catalina de Siena; otros, tardaron algo más, como S. Pablo o S. Agustín. De igual forma, la vida de algunos fue breve, como los pastorcitos de Fátima, o Santa Teresita. Otros, tuvieron una larga y dura jornada en la viña, como Santa Teresa de Calcuta o S. Juan Pablo II, por poner ejemplos cercanos en el tiempo.
¿Cuál es la recompensa para todos? ¡La Vida Eterna! ¡A jornal de gloria no hay trabajo grande! Ser llamados por Dios, ser buscados por Dios, trabajar en su Viña, ser importantes para Dios… Vivir en su Amor, ser hijos de Dios por la entrega de Cristo… ¿nos parece poca recompensa? Cristo mismo entregado por nosotros en la Cruz, y entregándose en cada Eucaristía. ¡Este es nuestro precioso denario! Y debemos no solo no envidiar a los que lo reciben trabajando menos que nosotros, sino que debemos desear que muchos puedan ser invitados a la viña y que al final de su jornada puedan recibirlo también.
RINCÓN LITÚRGICO
La mesa de la Palabra
La proclamación litúrgica de la Palabra de Dios, sobre todo en el contexto de la asamblea eucarística, no es tanto un momento de meditación y de catequesis, sino que es el diálogo de Dios con su pueblo, en el cual son proclamadas las maravillas de la salvación y propuestas siempre de nuevo las exigencias de la alianza
El Pueblo de Dios, por su parte, se siente llamado a responder a este diálogo de amor con la acción de gracias y la alabanza, pero verificando al mismo tiempo su fidelidad en el esfuerzo de una continua «conversión». La asamblea dominical compromete de este modo a una renovación interior de las promesas bautismales, que en cierto modo están implícitas al recitar el Credo y que la liturgia prevé expresamente en la celebración de la vigilia pascual o cuando se administra el bautismo durante la Misa.
En este marco, la proclamación de la Palabra en la celebración eucarística del domingo adquiere el tono solemne que ya el Antiguo Testamento preveía para los momentos de renovación de la Alianza, cuando se proclamaba la Ley y la comunidad de Israel era llamada, como el pueblo del desierto a los pies del Sinaí (cf. Ex 19,7-8; 24,3.7), a confirmar su «SÍ», renovando la opción de fidelidad a Dios y de adhesión a sus preceptos. En efecto, Dios, al comunicar su Palabra, espera nuestra respuesta; respuesta que Cristo dio ya por nosotros con su « Amén » (cf. 2 Co 1,20-22) y que el Espíritu Santo hace resonar en nosotros de modo que lo que se ha escuchado impregne profundamente nuestra vida. (Carta Apostólica Dies Domini de S. Juan Pablo II, n. 41)



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