DOMINGO III DE PASCUA
19 de Abril de 2026
EVANGELIO: Lc 24, 13-35
Aquel mismo día (el primero de la semana), dos de los discípulos de Jesús iban caminando a una aldea llamada Emaús, distante de Jerusalén unos sesenta estadios; iban conversando entre ellos de todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo.
Él les dijo: «¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?». Ellos se detuvieron con aire entristecido, Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le respondió: «Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabes lo que ha pasado allí estos días?».
Él les dijo: «¿Qué?». Ellos le contestaron: «Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él iba a liberar a Israel, pero, con todo esto, ya estamos en el tercer día desde que esto sucedió. (…)
Entonces él les dijo: «¡Qué necios y torpes sois para creer lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria?».
Y, comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras.
Llegaron cerca de la aldea adonde iban y él simuló que iba a seguir caminando; pero ellos lo apremiaron, diciendo: «Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída».
Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron.
Pero él desapareció de su vista. (…)
CONTEMPLARI ET CONTEMPLATA ALIIS TRADERE
Contemplar, y dar lo contemplado
El evangelio de este tercer domingo de Pascua nos narra el episodio de los discípulos de Emaús. Ellos después de la muerte de Jesús se marcharon a una aldea; iban desconsolados, entristecidos, decepcionados… No soportaron el escándalo de la cruz. Así como los demás discípulos, no comprendieron las enseñanzas e instrucciones del Maestro cuando decía: “El Hijo del Hombre va a ser entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas, y lo condenarán a muerte (…) y al tercer día resucitará”. No creyeron en el anuncio de la Resurrección.
Jesús sale a su encuentro, camina con ellos, desarrolla un diálogo, les pregunta: “¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?” No reconocieron a Jesús. Uno de ellos, le cuenta todo lo que había sucedido en Jerusalén en aquellos días; Jesús le escucha como si no supiera lo que había ocurrido, deja que desahogue ante Él todo su sufrimiento y desesperanza. Estaban ciegos de tristeza, no podían creer que un Profeta poderoso en obras y palabras pudiera acabar condenado a muerte, crucificado en un madero. No eran capaces de creer que llevaría a cabo la liberación de Israel con su Pasión, Muerte y Resurrección.
Después de caminar con el desconocido, le invitan a que se quede con ellos, le acogen en su casa; ahí es donde Jesús se da a conocer, al partir el Pan.
Los discípulos, al reconocer a Jesús, vuelven a la comunidad a compartir su experiencia. Ya no vuelven tristes, el encuentro con el Resucitado les devuelve la Vida, la Fe, la Esperanza… Les invita a la Misión.
Hoy el Señor nos exhorta a seguir el ejemplo de los discípulos, a contar a Él todo lo que nos agobia, lo que nos entristece, lo que nos hace dudar… Dejemos que Jesús entre en nuestra vida, en lo más íntimo de nuestro corazón. Y que podamos decirle: Quédate conmigo Señor.
Con el gozo de la Resurrección de Jesús, y de la victoria sobre la muerte y el pecado, abramos nuestro corazón al mensaje que nos quiere transmitir la Palabra de este domingo; un mensaje de paz, de consuelo, de esperanza y de certeza. “Era verdad, ha resucitado el Señor”.
Pidamos al Señor la gracia de poder reconocerlo en la fracción del Pan, que es Él mismo, su Cuerpo y su Sangre entregado en la Eucaristía.
RINCÓN LITÚRGICO
La Fracción del Pan
El sacerdote parte el pan eucarístico, con la ayuda, si es del caso, del diácono o de un concelebrante. El gesto de la fracción del Pan realizado por Cristo en la Última Cena, que en el tiempo apostólico designó a toda la acción eucarística, significa que los fieles siendo muchos, en la Comunión de un solo Pan de vida, que es Cristo muerto y resucitado para la salvación del mundo, forman un solo cuerpo (1Co 10, 17).
El sacerdote parte el pan e introduce una parte de la Hostia en el cáliz para significar la unidad del Cuerpo y de la Sangre del Señor en la obra de la redención, a saber, del Cuerpo de Cristo Jesús viviente y glorioso. La súplica Cordero de Dios se canta según la costumbre, o por lo menos se dice en voz alta. La invocación acompaña la fracción del pan, por lo que puede repetirse cuantas veces sea necesario hasta cuando haya terminado el rito. La última vez se concluye con las palabras danos la paz.



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