IV DOMINGO DE PASCUA – CICLO A
26 de abril de 2026
EVANGELIO: Jn 10, 1-10
En aquel tiempo, dijo Jesús: «En verdad, en verdad os digo: el que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que salta por otra parte, ese es ladrón y bandido; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A este le abre el guarda y las ovejas atienden a su voz, y él va llamando por el nombre a sus ovejas y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz; a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños». Jesús les puso esta comparación, pero ellos no entendieron de qué les hablaba. Por eso añadió Jesús: «En verdad, en verdad os digo: yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los escucharon. Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos. El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estragos; yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante».
“CONTEMPLARI ET CONTEMPLATA ALIIS TRADERE”
Contemplar y dar lo contemplado
Hoy es el domingo del Buen Pastor. La historia sagrada está llena de pastores: Abel, los patriarcas y algunas de las grandes matriarcas de Israel, Moisés y su esposa Séfora, David, algunos de los profetas, los pastores de Belén… Pero el Buen Pastor por excelencia es Cristo resucitado, que dio la vida por sus ovejas y se dignó morir por su rebaño (cf. Antífona de Comunión). El Buen Pastor: imagen amable que nos habla de la solicitud de Dios por nosotros, de su guía y cuidados; de su amor personal, bondadoso y protector hecho carne en nuestro Salvador.
El Evangelio, además de mencionar al Pastor, habla de otros personajes: las ovejas, los ladrones y bandidos, el guarda… Las ovejas somos nosotros. “Tu pueblo y ovejas de tu rebaño” le decimos a Dios en el salmo 99. En las oraciones de hoy suplicamos reiteradamente: “¡Vela sobre nosotros!”, “condúcenos”. Le pedimos que nos lleve a los pastos eternos, a la asamblea gozosa del Cielo. Como nos recordaban los discípulos de Emaús el domingo pasado, en esta vida somos caminantes. Aquí no encontramos reposo, vamos hacia nuestra meta. Pero sin el Señor andamos errantes, nos dice San Pedro. No damos con el sendero justo. Muchas voces nos reclaman y confunden. Tiran de nosotros hacia destinos dispares. ¡Cuidado! Solo una es la voz de nuestro Pastor. Los demás son extraños, bandidos, ladrones que entran en nuestras vidas para robar y matar y hacer estragos. La Tradición los llama el mundo, el demonio y la carne. También podemos darle nombres modernos: las ideologías, las tendencias mundanas, nuestros proyectos caducos, etc…. Huyamos de ellos y convirtámonos al Pastor y guardián de nuestras almas. Solo Jesús ha venido para que tengamos vida y la tengamos abundante. Para que nuestra copa rebose. ¿A quién escucharemos, a quién seguiremos? La decisión está en nuestras manos. El guarda, el que abre la puerta de las ovejas, es nuestra propia libertad.
Si escuchamos, obedecemos, seguimos al Señor nada nos faltará, nada tendremos que temer aun cuando pasemos por cañadas oscuras. Nos conducirá al reposo y a la victoria, a fuentes tranquilas, a casa. Pero para seguirle necesitamos conocerle y confiar en él, porque los caminos por los que transita son misteriosos. Caminos de humildad y servicio, de amor incondicional, de perdón ilimitado, de bondad divina. “Él no cometió pecado, no encontraron engaño en su boca, no devolvía el insulto. En su pasión no profería amenazas. Os dejó un ejemplo para que sigáis sus huellas” (2ª lectura) ¡Y qué ejemplo! Ir tras este Pastor es una aventura. Muchas veces da vértigo. Es volver a nacer para ser como el viento, sin saber de dónde venimos ni a dónde vamos, tantas veces. Pero su misericordia y su bondad nos acompañan. Él nos da fuerza, nos concede superar los obstáculos, superarnos a nosotros mismos. Solo necesitamos confiar. Para ello, entremos en la intimidad con él, recostémonos en su pecho como el discípulo amado. Contemplémosle, gustemos de su fidelidad. Nadie hará por nosotros lo que él ha hecho, llevar en su cuerpo nuestros pecados, curarnos con sus heridas. Solo él merece nuestra confianza, nuestra entrega total. ¡Bendito sea! ¡Aleluya!
RINCÓN LITÚRGICO
EL BÁCULO
El báculo es el bastón con extremo curvado que usan los obispos en las celebraciones litúrgicas. Puede ser de madera, de marfil o de algún metal. Consta de dos partes: el palo o asta, que es el tronco principal; y el cayado o voluta, que es la curvatura superior.
El báculo representa la función de corregir, sostener y empujar que tienen los obispos, como se desprende de las palabras que se le decían al obispo recién consagrado cuando se le entregaba: “Recibe el báculo del oficio pastoral.”
Los obispos solo pueden usar el báculo en el territorio de su diócesis. Pero puede usarlo en cualquier lugar en donde celebra solemnemente con el consentimiento del ordinario del lugar, aunque en ciertas celebraciones todos los obispos pueden usar el báculo, como en las ordenaciones. Si en una misma celebración hay varios obispos presentes, solo usa báculo el obispo que preside. El obispo porta el báculo en la mano izquierda, con la curvatura dirigida hacia el pueblo (Caeremoniale Episcoporum 59).
Los abades y abadesas llamados “mitrados”, tienen derecho a usar el báculo. Ellos, sin embargo, lo portan en la mano derecha y no en la izquierda, para distinguirse de los obispos.
Habitualmente, se usa el báculo en las procesiones, para escuchar la proclamación del Evangelio, para hacer la homilía, para recibir votos, promesas o profesión de fe, y para bendecir a las personas, salvo que deba de imponer las manos.
(Liturgia papal. Manual de liturgia. https://liturgiapapal.org/index.php/manual-de-liturgia/vestiduras-liturgics/episcopales/342-el-b%C3%A1culo.html)



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