II DOMINGO DE NAVIDAD – CICLO A
4 de enero de 2026
EVANGELIO: Jn 1, 1-5.9-14
“En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios. Él estaba en el principio junto a Dios.
Por medio de él se hizo todo, y sin él no se hizo nada de cuanto se ha hecho. En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres.
Y la luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no lo recibió.
/…/
Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron. Pero a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre. Estos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios.
Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad. /…/”
COMENTARIO A LA PALABRA
El tiempo de Navidad es un tiempo litúrgico muy rico. En él volvemos a vivir los acontecimientos del comienzo de nuestra salvación, celebramos y meditamos sobre la venida del Señor, el gozo y la paz que trae su presencia, el amor que nos tiene, la pobreza que asume, los ejemplos de su familia, el origen de la nueva creación, el admirable intercambio entre la divinidad y la humanidad, las primicias de la santidad, la virginidad y el martirio, la maternidad divina de María, las diversas manifestaciones del Señor, entre otros… Y todo en un corto espacio de tiempo.
Este segundo domingo de Navidad vuelve a dirigir nuestra mirada y corazón al misterio esencial de este tiempo, que da origen y sentido a todo lo demás: la Encarnación. Y hace hincapié en el impacto que éste tiene en nuestras vidas. En la primera lectura, el Verbo de Dios, con el nombre de “Sabiduría», dice que el Creador le dio orden de poner su tienda en medio del pueblo santo. Allí echó raíces, allí descansa, allí reside su poder. En el Evangelio nos encontramos una vez más con el prólogo de San Juan, en el que se habla de la venida del Verbo y se afirma rotundamente: «Se hizo carne». Y dice que su poder lo transmite a los que lo reciben, a los que creen en él. ¿De qué poder habla la Palabra divina? Del poder de ser hijos de Dios. A esto nos destinó Dios, para alabanza de la gloria de su gracia, que nos concedió en Cristo, el Amado, como recuerda la segunda lectura.
Este es el gran milagro de la Navidad: Dios dice a un hombre «Tú eres mi hijo» (antífona de entrada de la misa de medianoche en Navidad) y un hombre responde: «Tú eres mi Padre» (Salmo 88). Ese hombre es Jesucristo, sí. Pero ese hombre, esa mujer también eres tú. ¿Sabemos lo que esto significa? Jesús ha nacido y nosotros hemos vuelto a nacer con él, no de sangre o de deseo humano sino de Dios. Nuestro Padre es el Señor del universo, tenemos garantizado su amor eterno. ¡Él cuida de nosotros! No tenemos que preocuparnos de nada, no existe cosa alguna que pueda atemorizarnos o amedrentarnos, nadie nos puede arrebatar la esperanza. Él nos tiene preparado en herencia todos los bienes espirituales y materiales, celestiales y terrenales. Nos sostiene y guía en esta vida. Nos ha transmitido su esencia, su ser-amor. Su fidelidad es inquebrantable; la fuerza poderosa de su vida arde en nuestro interior. De vez en cuando, se adivinan en nosotros sus rasgos (¡qué maravilla!). Su brazo potente nos rescata en la tormenta, su dulce voz nos llama, su abrazo lleno de misericordia nos restaura, su regazo será nuestro hogar eterno, pues hacia él caminamos movidos por el Espíritu del Hijo, que hemos recibido.
Ser hijos suyos configura nuestro ser desde lo más profundo: nuestro actuar, nuestros deseos, anhelos, decisiones, todo, absolutamente todo. Abrámonos cada vez más a Jesús y, con Él y en Él, vivamos con mayor plenitud lo que somos. Pidamos con el apóstol que Dios ilumine los ojos de nuestro corazón para que comprendamos sus dones. Y prestemos oído a lo que nos dice San León Magno: «La magnitud del beneficio otorgado exige de nosotros una veneración proporcionada a la excelsitud de esta dádiva».
MEDITACIÓN
«Dios no es solo el Padre; es también el Niño Eterno. No es que adoremos la debilidad, si no, al contrario, la fuerza del niño es la que nos encanta… La omnipotencia del Dios Niño desnudo sobre las pajas, que asume, que concentra en su ser frágil el doble torrente de las dos naturalezas: «el Verbo se hizo carne…» ahí estás tú siempre, ternura; ahí estás tú, amor, cuyo reflejo he sabido yo descubrir en los rostros de los santos que han pasado por mi vida, amor al que tantas veces he gritado: «¡aléjate de mí!» (F. Mauriac)
ORACIÓN
«Jesús, que vives en María,
ven y vive en tus servidores,
en el espíritu de tu santidad,
en la plenitud de tu poder,
en la perfección de tus actitudes,
en la realidad de tus misterios,
domina toda fuerza contraria,
por tu espíritu,
para gloria del Padre.»
(Jean-Jacques Olier)



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