CONMEMORACIÓN DE LOS FIELES DIFUNTOS
2 de noviembre de 2025
EVANGELIO: Mt 25, 31- 46
“Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria, con todos sus ángeles, se sentará en su trono glorioso. Todas las naciones se reunirán delante de él, y él separará a unos de otros, como separa el pastor las ovejas de las cabras. Pondrá las ovejas a su derecha, y las cabras a su izquierda (…)
Y le contestarán los justos: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te alimentamos o sediento y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos como forastero y te dimos alojamiento o necesitado de ropa y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y te visitamos?”. El Rey les responderá: “Os aseguro que todo lo que hicisteis por uno de mis hermanos, aun por el más pequeño, lo hicisteis por mí”. (…)
Él responderá: “Os aseguro que todo lo que no hicisteis por el más pequeño de mis hermanos, tampoco lo hicisteis por mí”.
Aquellos irán al castigo eterno y los justos a la vida eterna».
COMENTARIO A LA PALABRA
Hoy celebramos la conmemoración de los fieles difuntos, que tiene preferencia sobre las lecturas del domingo, porque el misterio central de nuestra fe es la resurrección de Jesucristo -que es lo que celebramos el domingo- y esta conmemoración, lo aplica a nuestras vidas.
Ayer nos uníamos con gozo a la alegría de todos los santos que están en el cielo y hoy nos unimos a la esperanza de los que están salvados, pero que todavía no contemplan el rostro del Padre.
Dios nos creó para la vida eterna y, en su infinita misericordia, después del pecado de Adán, tenemos que pasar por la muerte, pues una vida eterna viviendo con el pecado, sería insoportable. Por eso dice el libro de la Sabiduría: “lo sacó aprisa de en medio de la maldad (…) para que la malicia no pervirtiera su conciencia” (Sb 4, 7-15). Dios no nos llama en el peor momento de nuestra vida. Hay una providencia amorosa de Dios para el momento de nuestra muerte.
“Ninguno vive para sí mismo y ninguno muere para sí mismo”. Con estas palabras San Pablo afirma que nadie debe la propia existencia a sí mismo; la recibe siempre de Dios. Tampoco nadie puede disponer de su propia muerte. Nuestra existencia ha sido amada por adelantado por el Señor, que nos ha dado su vida y, por eso, “tanto si vivimos como si morimos, somos de Él” ( Rom 14, 7-12).
Decimos que una persona ha muerto cuando ya no tiene actos de voluntad propios y por tanto ya no puede dar limosna al pobre, ni socorrer al enfermo, ni visitar al preso… solo puede recibir nuestras plegarias para llegar cuanto antes al cielo. La Sangre de Cristo ya les ha redimido, pero su amor ha quedado un poco escaso para entrar en las moradas celestiales, donde no entra “nada profano” (Ap 21, 27).
En este año jubilar hemos oído hablar muchas veces de las indulgencias por los vivos y por los difuntos. Apliquémoslas hoy por nuestros seres queridos, que nos esperan más allá del umbral de la muerte, para gozar juntos de la herencia preparada para nosotros desde la creación del mundo.
MEDITACIÓN
“Desde los primeros tiempos, la Iglesia ha honrado la memoria de los difuntos y ha ofrecido sufragios en su favor, en particular el sacrificio eucarístico, para que, una vez purificados, puedan llegar a la visión beatífica de Dios. La Iglesia también recomienda las limosnas, las indulgencias y las obras de penitencia en favor de los difuntos: «Llevémosles socorros y hagamos su conmemoración. Como dijo San Juan Crisóstomo: “ Si los hijos de Job fueron purificados por el sacrificio de su padre (cf. Job 1, 5), ¿por qué habríamos de dudar de que nuestras ofrendas por los muertos les lleven un cierto consuelo? […] No dudemos, pues, en socorrer a los que han partido y en ofrecer nuestras plegarias por ellos ).” (Catecismo Iglesia Católica núm. 1032).
ORACIÓN
| Orar por los difuntos:
¡Obra de caridad! aviva nuestra fe, es acto de bondad. Eleva la intención; ¡Una nueva humanidad! su alcance es infinito, busca felicidad. Toca nuestra pobreza, crece en capacidad.
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Orar por los difuntos,
no es para darles pan, sino aquel alimento que los ángeles dan. No es para que se abriguen; ¡se arropan de bondad! ni para que caminen por senderos del mal. Es para encontrar dicha, en mansión celestial.
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