XXXIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO – CICLO C
16 de Noviembre de 2025
EVANGELIO: Lc 21, 5-19
Y como algunos hablaban del templo, de lo bellamente adornado que estaba con piedra de calidad y exvotos, Jesús les dijo: «Esto que contempláis, llegarán días en que no quedará piedra sobre piedra que no sea destruida». Ellos le preguntaron: «Maestro, ¿cuándo va a ser eso?, ¿y cuál será la señal de que todo eso está para suceder?». Él dijo: «Mirad que nadie os engañe. Porque muchos vendrán en mi nombre diciendo: “Yo soy”, o bien: “Está llegando el tiempo”; no vayáis tras ellos. Cuando oigáis noticias de guerras y de revoluciones, no tengáis pánico. Porque es necesario que eso ocurra primero, pero el fin no será enseguida» (…)
Pero antes de todo eso os echarán mano, os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y a las cárceles, y haciéndoos comparecer ante reyes y gobernadores, por causa de mi nombre. Esto os servirá de ocasión para dar testimonio (…)
Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá; con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas.
COMENTARIO A LA PALABRA
Estamos llegando al término del Año Litúrgico. A lo largo de estas dos semanas que nos quedan, la Iglesia nos invita a, por medio de la palabra divina, vivir en clave de esperanza buscando el reino de Dios y la conversión de nuestro corazón.
En el Evangelio de hoy vemos a los apóstoles admirados con la belleza del Templo. Jesús aprovecha la oportunidad para enseñarles, y desarrolla toda su enseñanza a partir de una pregunta hecha por uno de ellos. Precisamente hoy, son palabras de aliento para cada uno de nosotros.
Ante todo, nos debemos preguntar: ¿Cuál es nuestra realidad? Así como los apóstoles, miremos a nuestro entorno, ¿Qué es lo que vemos de bello? Pues Jesús también nos dirá: Mira a tu alrededor, frente a la belleza de este mundo y a todas las catástrofes (guerras, hambre, terremotos, violencia…), todavía no es el fin. Asimismo, dicho con otras palabras: “Es necesario pasar por muchas tribulaciones para entrar en el reino de Dios” (Hch 14, 22).
Las palabras de este evangelio pueden causarnos un poco de miedo al futuro y a todo lo que nos sobrevenga (incertidumbre…), pero son palabras de sabiduría que nos trasmiten una esperanza viva en el Señor. De hecho, si nuestra vida está escondida en Cristo (Col 3, 3), realmente somos creaturas nuevas, llamadas a vivir de manera concreta la esperanza en lo cotidiano.
Jesús es el Señor, el Alfa y la Omega, solo a él pertenece el presente, el pasado y el futuro. Él nos llama a mirar los acontecimientos en nuestro entorno sin dejar nunca de poner la vida y la confianza en él, de poner en manos de Dios nuestras limitaciones y sobrellevar las contrariedades de la vida con paciencia y perseverancia; ahí es donde está nuestra salvación, seguros de que él es nuestro Sol de justicia, en su sombra encontraremos la salud. Esta es la profecía que hoy sale de la boca del profeta Malaquías, expresada en la primera lectura de hoy. Profecía que se realiza en el Evangelio, JESUCRISTO ES EL SOL DE JUSTICIA.
Que el Espíritu Santo nos ayude a vivir la realidad que nos toca actualmente con perseverancia, y también que él nos conceda la fuerza para que podamos trabajar, incansablemente (segunda lectura), en la propagación del Reino de Dios.
MEDITACIÓN/ ORACIÓN
“Feliz aquella vigilia en la cual se espera al mismo Dios y creador del universo, que todo lo llena y todo lo supera.
¡Ojalá se dignara el Señor despertarme del sueño de mi desidia, a mí, que, aun siervo vil, soy su siervo! ¡Ojalá me inflamara en el deseo de su amor inconmensurable y me encendiera con el fuego de su divina caridad!; resplandeciente con ella, brillaría más que los astros, y todo mi interior ardería continuamente con este divino fuego.
¡Ojalá mis méritos fueran tan abundantes que mi lámpara ardiera sin cesar, durante la noche, en el templo de mi Señor e iluminara a cuantos penetran en la casa de mi Dios! Concédeme, Señor, te lo suplico en nombre de Jesucristo, tu Hijo y mi Dios, un amor que nunca mengue, para que con él brille siempre mi lámpara y no se apague nunca, y sus llamas sean para mí fuego ardiente y para los demás luz brillante”. (De las instrucciones de san Columbano, abad, sobre la compunción)



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