IV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO-CICLO A-
1 de Febrero de 2026
EVANGELIO: Mt 5, 1-12
En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió al monte, se sentó y se acercaron sus discípulos; y, abriendo su boca, les enseñaba diciendo: «Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo».
COMENTARIO A LA PALABRA
Dios puso en el corazón del hombre el deseo de felicidad, y así lo quiere. Él nos ha enviado a su Hijo para indicarnos el camino de la felicidad plena y eterna que es el propio Cristo. Jesucristo es el Camino, la Verdad y la Vida (Jn 14, 6). Por medio de él somos llamados a vivir en estado de gracia y de amistad con Dios: Esto es vivir el espíritu de las bienaventuranzas.
Las bienaventuranzas señalan lo que Dios quiere y espera de nosotros, son actitudes fundamentales para que tomemos en serio el plan salvífico, para que se realicen los designios del amor de Dios en nosotros. Son claves para vivir bien la vida: ser pobre, ser manso, ser misericordioso…
Además, ellas nos dicen cómo es Jesús y nosotros somos llamados a seguirlo. Ser bienaventurados consiste en estar unido a Jesucristo, pues ser discípulo supone seguir el camino de Jesús para conformarnos con él.
San Mateo nos presenta ocho “bienaventuranzas que dibujan el rostro de Jesucristo y describen su caridad” (Catecismo de la Iglesia Católica, 1717)
Vivir el espíritu de las bienaventuranzas es vivir en clave de esperanza, poniendo nuestra vida en las manos de Dios con total y absoluta confianza (espiritualidad de los pobres de Yahvé), pues solamente Él puede llevarnos a la plenitud y darnos respuestas.
Bienaventurados seremos si vivimos sobre la roca firme que es Cristo, y si de hecho nos fiamos de su palabra, como podemos constatar en toda la liturgia de hoy.
San Mateo nos muestra cómo nos está enseñando Jesús el camino de la felicidad que tiene hundida sus raíces en él y no en el bienestar. Jesús quiere alcanzar el corazón del hombre y ofrecer una respuesta que solo Él puede dar. Se trata de una propuesta de vida nueva, y distinta de la que el mundo nos ofrece.
Que el Espíritu Santo nos ayude a conocer más a Cristo y a profundizar en su conocimiento, para así poder vivir las bienaventuranzas tal cual las ha vivido él.
RINCÓN DE LITURGIA
ESTRUCTURA GENERAL DE LA MISA
En la Misa, o Cena del Señor, el pueblo de Dios es convocado y reunido, bajo la presidencia del sacerdote, quien obra en la persona de Cristo (in persona Christi) para celebrar el memorial del Señor o sacrificio eucarístico. De manera que para esta reunión local de la santa Iglesia vale eminentemente la promesa de Cristo: “Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18, 20). Pues en la celebración de la Misa, en la cual se perpetúa el sacrificio de la cruz, Cristo está realmente presente en la misma asamblea congregada en su nombre, en la persona del ministro, en su Palabra y, más aún, de manera sustancial y permanente, en las especies eucarísticas.
La Misa consta, en cierto modo, de dos partes, a saber, la Liturgia de la Palabra y la Liturgia Eucarística, las cuales están tan estrechamente unidas entre sí, que constituyen un solo acto de culto. En efecto, en la Misa se prepara la mesa, tanto de la Palabra de Dios, como del Cuerpo de Cristo, de la cual los fieles son instruidos y alimentados. Consta además de algunos ritos que inician y concluyen la celebración. (Ordenación General del Misal Romano, n. 27-28)



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